Julio Scherer, la memoria selectiva y el precio de la autoridad moral

Julio Scherer, la memoria selectiva y el precio de la autoridad moral

ALAMEDA

Redacción
Febrero 17, 2026

Por: Dino Madrid

Hay libros que llegan con ruido mediático pero sin peso político. Ni venganza ni perdón, de Julio Scherer (hijo), es uno de ellos. No porque carezca de revelaciones —las tiene—, sino porque en política importa tanto qué se dice como quién lo dice. Y Scherer hijo salió por la puerta de atrás del gobierno de López Obrador. Eso no invalida automáticamente sus dichos, pero sí obliga a leerlos con la misma desconfianza con la que se lee cualquier ajuste de cuentas disfrazado de memoria.

El libro plantea supuestas contradicciones, giros autoritarios y promesas incumplidas del actual gobierno. Scherer hijo, desde su experiencia como consejero jurídico de la Presidencia hasta su salida abrupta en 2020, intenta erigirse como testigo privilegiado de las “traiciones” de la Cuarta Transformación. El problema no es que critique —la crítica es necesaria, incluso urgente—, sino que lo haga desde una posición de quien fue parte del proyecto, gozó de sus privilegios, y cuando las cosas no salieron como esperaba, decidió romper el pacto. No con valentía pública en tiempo real, sino años después, con libro bajo el brazo y gira de medios incluida.

La autoridad moral en política no es un concepto abstracto, se construye con coherencia, con riesgo, con distancia crítica sostenida en el tiempo. Scherer hijo no renunció por principios cuando vio algo que le pareció inadmisible; salió porque perdió una batalla interna. Eso no lo convierte en un disidente, lo convierte en un perdedor que escribe sus memorias. Y las memorias de los perdedores siempre vienen cargadas de resentimiento vestido de lucidez.

¿Significa esto que todo lo que dice Scherer es falso? No necesariamente. Significa que debe leerse con el mismo rigor con el que se lee cualquier fuente interesada. La izquierda tiene una tradición larga de autocrítica, pero también una responsabilidad de no confundir autocrítica con autoboicot. Publicar un libro así, en este momento, con este tono, no es un ejercicio de honestidad intelectual, es una jugada editorial con un cálculo político muy claro.

Lo curioso es que quienes ahora celebran a Scherer como “valiente” son los mismos que durante décadas despreciaron a su padre, Julio Scherer García, cuando denunciaba al priismo autoritario, cuando exigía verdad sobre Tlatelolco, cuando construía un periodismo crítico que incomodaba al poder real. Ahora resulta que el apellido sirve, pero solo cuando se usa para golpear al gobierno de la Cuarta Transformación. La ironía es tan evidente que casi ofende.

Scherer hijo tiene derecho a contar su versión. Pero los lectores tenemos derecho a preguntarnos por qué calló cuando estaba adentro, por qué habla cuando está afuera, y por qué su indignación parece más personal que política. En un país donde la derecha volvió a unirse bajo la narrativa del “autoritarismo de izquierda”, cada voz cuenta. Y Scherer no es una voz neutral, es una voz con agravio, con herida abierta, con cuenta pendiente.

La política no se hace con santos, pero tampoco se entiende sin preguntarse quién tiene autoridad para juzgar. Y en este caso, Scherer hijo tiene muchas cosas: acceso, información, incluso talento narrativo. Lo que no tiene es la credibilidad de quien se jugó algo real por sus convicciones. Eso, en política, no es un detalle menor. Es la diferencia entre una crítica que construye y un reproche que solo busca venganza.

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