Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

Hidalgo, ensayo de una entelequia

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Enero 18, 2026

Hablamos de él como si se tratara de un bloque monolítico. Un territorio acotado, una historia exclusiva, un modo intrínseco de ser. Un ente propio en la época prehispánica, un punto y aparte en la colonial intendencia de México, una isla en el proceloso mar del independiente estado de México. Como si existiera desde siempre, muchísimo antes de que el liberalismo republicano reconociera por fin, el sábado 16 de enero de 1869, su hasta entonces implícita pero regateada estatalidad. Un Hidalgo eterno, unitario, íntegro de principio a fin. Muy bien, ¿y sus salvedades, que también las tiene?

El primer asegún sería el nombre. El cura de Dolores apenas si puso un pie en nuestra entidad, nada más de paso por el camino real de Tierra Adentro que cruza Tepeji del Río. La vasta geografía del Padre de la Patria, tanto la sacerdotal como la insurgente, no abarcó el resto del Mezquital, la Altiplanicie Pulquera o la Comarca Minera, menos aún el valle de Tulancingo, la Sierra o la Huasteca. Y sin embargo, damos por obvio que nuestra casa ostente su apellido y que nosotros, en consecuencia, seamos hidalguenses. Como si el topónimo y el gentilicio los lleváramos en el mismo ADN ancestral de nuestra hidalguía.

La segunda encrucijada está en los pueblos frontera. Bajo criterios paisajísticos —y por tanto, también de identificación sentimental—, parecería más lógico que Tizayuca fuese hoy mexiquense y Pisaflores queretana. También, aplicando igual criterio, que Huayacocotla y Zacualpan no hubiesen sido veracruzanas, Pahuatlán y Honey no poblanas, y Calpulalpan no tlaxcalteca. Pero únicamente el sabio Orozco y Berra se atrevió a plantear una utopía así, y sabemos que no pasó de ser un sueño cuando el llamado imperio de Maximiliano intentó llevarla a la práctica. La biografía política de México nunca ha visto con buenos ojos la quimérica alianza entre naturaleza afectiva y división territorial.

El tercer dilema es el centralismo. Por un lado, la ubicación de Hidalgo en el centro de la república, con todo lo que ello implica en macrocefalia, conurbación y crisis vecinales al sur de la entidad, cuyo más reciente dolor de cabeza comienza a ser Tula. Y por el otro, nuestra propia centralidad, fruto de olvidos y desdenes añejos hacia lo que no cae dentro del área de influencia metropolitana de Pachuca. ¿Qué significan para el pachuqueño promedio Chapulhuacán, Huehuetla o Xochiatipan, sino algo exótico, incomprensible, incluso ajeno? No cabe duda que un abismo de injusticia y marginalidad distancia a la acaparadora Cuenca de México, de las ninguneadas Sierra Gorda, Sierra Otomí-Tepehua y Huasteca.

La palabra ‘entelequia’, en griego, significa “realidad plena alcanzada por algo”. El diccionario académico consigna dos acepciones de ella: 1) “En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona”; y 2) “En sentido irónico, cosa irreal”. ¿Cuál conviene al estado de Hidalgo? ¿La primera? ¿La segunda? ¿Ambas?… Dejo la respuesta a la ideología de cada hidalguense. Yo me limito a definirlo como una entelequia en sempiterno ensayo de sí mismo.