Ahí está plantado, afuera del Teatro de la República en Querétaro, muy quitado de la pena. Cree que pasa desapercibido, que ningún humano a su alrededor le pone sus escrutadores ojos encima, que nadie trae a la mano un teléfono celular para grabar todo lo que hace. Se muestra como realmente es, sin guardar las apariencias, sin fingir un mínimo de sonrojo, vergüenza o turbación ante el incidente que suscita. En ese momento ni cuenta se da de su conducta. Unos cuantos segundos filmados, y listo. Ahora, a viralizarlos.
La imagen pública o el cuidado del atuendo, ¿son razones suficientes para explicar la incongruencia entre decir y ser? ¿Qué esconde el hecho de aceptar un acto de servilismo por sus subordinados e inmutarse ante él, sino normalizarlo, volverlo algo común y corriente, considerarlo obvio e implícito en cualquier relación laboral? ¿Cómo ser uno tolerante con los pretextos simplistas, esgrimidos después por el personaje central del chisme para pretender justificarse?… Un abogado de esta catadura no lo querría como mi defensa, ni siquiera de oficio, si algún día me viera yo involucrado en un proceso judicial.
Encima, lo indígena. Como si el antecedente de haber nacido en el seno de una cultura “originaria” de Oaxaca (la mía también es “originaria”, faltaba más, pero de Tampico, aunque ahí no se hable otra lengua que el español) fuese a priori patente de corso. Al susodicho se le presenta incluso como una suerte de Juárez rencarnado. Pero el hábito, sentencia un famoso refrán, no hace al monje, aunque ese hábito, agrego yo, incluya bordados dizque indígenas. Y tampoco porque el señor decore su despacho con un bastón de mando, pieza que, de tan manoseada ya por la élite política dominante en México, ha perdido o al menos tergiversado (no se diga vulgarizado) su simbolismo original.
Un simple desliz, en suma, bastó para bambolear al Poder Judicial. Dejó en entredicho la solvencia moral que se le supone intrínseca, no sólo dentro de una solemne sala de juicios sino a cielo abierto, a mitad de la calle, con gente de a pie. Para colmo, sucedió minutos antes de entrar a echarle vivas a la Constitución que regula nuestra vida republicana. Un simple desliz, repito, y también, desde luego, un teléfono celular que lo registró.
Todo por una agachona, denigrante boleada que al ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación le entró por un zapato y le salió por el otro.
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