Entre el ingeniero Cuahutémoc Cárdenas y el abogado Roberto Velasco Álvarez, media más de medio siglo, 53 años del transcurso sucesivo de tres etapas en la historia política y económica de México: la posrevolución con el régimen de partido único y la industrialización del país; el desarrollo estabilizador concluido con las grandes crisis económicas, y la neoliberal donde se incluyen la transición a la democracia y la alternancia a un proyecto de izquierda.
Coinciden ambos personajes, con escasa diferencia de días, en cargos de relevancia del gobierno federal, en ámbitos donde se viven situaciones de gran tensión, y en algún momento también pudieran hacerlos converger las respectivas competencias. De ahí la notoriedad de los nombramientos, generadora de especial interés en cada uno, sea para desacreditarlos, dudar de su conveniencia y también alentar buenas expectativas.
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No hay entrambos características comunes ni similitudes: Cárdenas es un personaje histórico de la política mexicana desde su nacimiento el Día del Trabajo de 1934: hijo del presidente de la República, y de indiscutible presencia y lucha en un tramo decisivo de la vida nacional, punto de partida del gran quiebre del viejo modelo político donde él fue protagonista principalísimo. Su trayectoria ha pasado ya de la militancia partidaria y los cargos, a la reflexión y las propuestas.
Velasco Álvarez es egresado de la Universidad Iberoamericana y maestro por la de Chicago, su desempeño en la administración pública no llega a la década, contada en sexenios, como suele hacerse en nuestro país, apenas tiene uno; antes de cumplir dos en el actual, ya ocupa uno de los lugares más destacados de la alta burocracia nacional.
El emblemático 18 de marzo, en la conmemoración de la expropiación petrolera decretada por su padre, el ingeniero Cárdenas recibió de la presidenta Sheinbaum el nombramiento de presidente de la Comisión Consultiva del Petróleo, de próxima creación. El siguiente primer día de abril, la jefa del Ejecutivo nombró al subsecretario Velasco Álvarez secretario de Relaciones Exteriores, días después lo ratificó el Senado.
Ambas designaciones merecieron distintas lecturas, positivas unas, contrarias otras. Lo evidente es un denominador común en los espacios estratégicos donde surgen: la gravedad de sus respectivas situaciones, primer elemento de atracción a su análisis; obligado el político, en cada designación de los dos personajes.
La crítica situación de PEMEX y el momento de las relaciones internacionales son dos constantes de la mayor relevancia nacional. No es exagerado advertir el riesgo para la viabilidad del gobierno federal si no se alcanza una acertada conducción de la paraestatal, como de la diplomacia país frente al nuevo entorno mundial.
Para mejor ilustrar este par de casos: el anuncio del inesperado viraje en la política de extracción de gas para la utilización del fracking con inversión privada, en aras de la soberanía energética, ¿cuál será la postura del próximo presidente de la Comisión del Petróleo?
Apenas sentarse ante el escritorio de la Cancillería, el nuevo responsable de la política exterior se encontró con el Informe del Comité de Desaparición Forzada de las Naciones Unidas; le sigue la inminente respuesta a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la queja aceptada en esa instancia contra la Reforma Judicial por violación de derechos humanos a juzgadoras y juzgadores; por no citar la negociación en curso del T-MEC y la sorpresiva participación de la jefa del Estado en la Cumbre Global Progressive Mobilisation, la próxima semana en Barcelona, frente a la iniciativa Escudo de las Américas del presidente Trump.
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En la vejez de uno y en la juventud del otro, en sus propias historias de vida, está una nueva oportunidad para la República. Si Cárdenas hubiera llegado a dirigir PEMEX antes de crear la Corriente Democrática del PRI, la historia mexicana reciente sería otra. Hoy, a riesgo de ser utilizada, su presencia pudiera influir las mejores decisiones. Velasco tiene enfrente la oportunidad, para construir, a partir de la prestigiada tradición de la Cancillería, la nueva política exterior mexicana, imprescindible frente al nuevo orden internacional. Tiene tiempo, también peligros.
La voluntad presidencial me lleva a Bobbio: “El viejo sabe por experiencia lo que los otros no saben aún, y necesitan aprender de él, sea en la esfera ética, sea en la de las costumbres, sea en la de las técnicas de supervivencia.”(De senectute, Taurus, 1997).
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