“¡Llegamos al Monstruo!” Así decía siempre Rodolfo al regreso por carretera desde nuestro ombligo tamaulipeco mientras bajábamos la cuesta de Indios Verdes para ingresar por fin a la Capital, envueltos en una nata de esmog y oprimidos por cielos grises. La sentencia de mi padre era una suerte de ritual. Nos exorcizaba y nos servía de resignación ante la monstruosa urbanidad donde residíamos, más o menos adaptados a ella (no digo «achilangados», porque entonces, hace cincuenta y tantos años, era inusual la palabra «chilango» y porque jamás borramos en la familia el ADN provincianista).
Aquella inevitable locura de tráfico, ruido, aglomeraciones, carreras, neurosis y caras torvas o de fastidio chocó todo el tiempo con mi innato carácter de lobo estepario. Lo raro es que, no sé cómo, terminé también por amar a mi urbe adoptiva, o al menos a ciertos rincones suyos. Uno, el principal, fue ese arcón de sorpresas que respondía al nombre de Centro (no «Centro Histórico», ni, peor, «Colonia Centro»). Otros, las colonias de mi juventud: la Roma, la Hipódromo, la Condesa, en cuyos parques y casonas art nouveau y art deco me aficioné por la arquitectura decorativa. Otros, los rumbos de Coyoacán y San Ángel, refuerzos de lo novohispano que tanto me atrajo siempre; o de Xochimilco y Milpa Alta, áreas de reserva de pueblos y barrios tan similares a los que hallaba en mis viajes por el (mal llamado) «interior» de la república.
Hoy me aterra ir a la Ciudad de México. Cuando la visito (fuera de los miércoles en que voy por necesidad laboral, pero sin salirme de una misma ruta prestablecida) quedo como payo engentado. Tiemblo nomás de pensar qué pasaría si me agarra un temblor en los niveles altos de cualquiera de sus cada vez más numerosos rascacielos. Me da ñáñaras pasar junto a las monsergas de los segundos pisos o las frías penumbras que provocan abajo de ellas. Entro en la depre cuando constato que aquellos entrañables paisajes citadinos donde crecí ya fueron derruidos o actualmente son cascarones fantasmales (me sucedió hace poco en que, por fallas del Metro, tuve que atravesar la ciudad en Metrobús: ¡casi lloré porque poco o nada reconocí del Insurgentes donde anduve a diario en mis años mozos, entre la avenida Chapultepec y la glorieta de Chilpancingo!).
Quién me mandó, pensarán ustedes, venirme a vivir a Pachuquita la Airosa hace 27 ayeres, cumplidos el pasado 31 de mayo. Pero no me arrepiento de haber quemado mis naves en la Capirucha, aunque ahora ella pague mi osadía pintándome un violín o lanzándome una ruidosa trompetilla, como diciéndome: “¿Me calificabas de monstruo y aún así aseguras que llegaste a amarme? Pues ya estás viernes. Guarda tu recuerdo de mí en un baúl de vejestorios. Y con tu pan te lo comas. O mejor no, porque eres capaz de venir un día exclusivamente a comprarlo en la panadería Madrid, la de la calle 5 de Febrero en el Centro, aquella donde en tantas ocasiones pecaste de gula panófila. ¡Dejaras de apellidarte Pan…iagua!”
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