Con la voz entrecortada y los ojos llenos de emoción, Celia Chávez habla del papel más importante que ha asumido en su vida: representar a la Virgen María en el Viacrucis de Las Lajas. No es solo un personaje, dice, es un acto de fe, de amor y de entrega que le nace desde lo más profundo, impulsado por su historia como madre.
A sus 53 años próxima a cumplir 54 Celia rompe una tradición en esta representación, donde comúnmente se elegía a mujeres jóvenes para encarnar a la Virgen. Esta vez, el comité organizador decidió apostar por alguien que pudiera transmitir el dolor de María desde una vivencia más cercana: la maternidad.
“Es algo que me nació hacer. Es un papel muy importante”, expresa con humildad.
Su historia en el Viacrucis no empezó hoy. Desde hace seis años ha caminado entre escenas, personajes y emociones. Ha sido madre de los apóstoles, acusadora y parte constante de una tradición que año con año reúne a la comunidad. Pero esta vez es distinto. Esta vez, el reto toca lo más profundo de su ser.
“Hace un año pedí el papel de María… y ahora que se me da, siento que es el reto más grande que voy a enfrentar”, confiesa.
Interpretar a la Virgen no es solo aprender diálogos. Es sentir. Es imaginar el dolor de una madre que ve sufrir a su hijo, que lo acompaña en su camino hacia la crucifixión. Y en ese proceso, Celia no actúa: revive, desde su propia experiencia, ese amor incondicional.
“Hay que tener la mentalidad de lo que estás representando… el dolor de ver a tu hijo todo lo que va a padecer”, dice, mientras hace una pausa.
Los nervios están presentes. No los oculta. Pero tampoco opacan la emoción.
“Sí, estoy muy nerviosa… pero también muy contenta de hacer este proceso”, comparte.
Su preparación va más allá de lo físico, aunque reconoce que las caminatas son exigentes. Se prepara desde el espíritu, desde la fe, pidiéndole a Dios fortaleza para llegar hasta el final.
Pero si hay algo que sostiene a Celia en este camino, es su familia.
Madre de seis hijos, fueron ellos quienes sembraron en ella la semilla de participar en el Viacrucis. Al verlos involucrarse en años anteriores, algo en su interior despertó. Hoy, no solo la acompañan: caminan con ella.
“Son mis hijos los que me motivaron… todos me apoyan”, dice con una sonrisa.
Este año, varios de ellos también formarán parte de la representación. Su hijo de 15 años y dos de sus hijas, de 25 y 26, estarán en escena, compartiendo no solo el espacio, sino una misma fe y tradición.
Para Celia, esto va más allá de una actuación. Es una enseñanza, un legado.
“Es algo que hay que enseñarles a ellos, que tengan un bonito ejemplo y un bonito recuerdo”, expresa.
En cada paso que dará durante el Viacrucis, no solo representará a la Virgen María: llevará consigo su historia, su fe y el amor por sus hijos. Y en ese andar, su interpretación promete tocar el corazón de quienes la vean, porque no será solo una representación… será el reflejo de una madre que entiende, desde lo más humano, el dolor y el amor de María.
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