En su libro, “Diálogos filosóficos”, Carmen Rosa Álvarez Torres escribe que “la “liquidez” de la que habla Bauman, apenas se manifiesta al pasar por nuestros cuerpos y mentes. Nos hemos vinculado, como en ninguna otra época, con nosotros mismos. Sin embargo, no logramos cuidarnos ni cuidar a los otros. Estamos asociados a nuestra realidad, aunque dependemos cada vez más de la mirada ajena. Esto, en lugar de alentarnos, nos sumerge en una insatisfacción constante”.
Coincido con ella y con la dolorosa realidad de que la violencia, lejos de ser un mero vestigio de barbarie premoderna, persiste en el siglo XXI como un fenómeno complejo y estructural que se reinventa a través de la tecnología y la deshumanización. Históricamente, la filosofía ha oscilado entre justificar la fuerza como herramienta política y proponer la no-violencia como imperativo ético. Sin embargo, la perspectiva contemporánea, influenciada por la filosofía de la ciencia, nos obliga a repensar esta dualidad no como blanco o negro, sino a través de una mirada más matizada y crítica, donde la “liquidez” baumaniana y la “ecobiolencia” amenazan nuestra supervivencia.
En el siglo XX, pensadores como Arendt, Benjamin y Zambrano ya advertían sobre el peligro de la violencia institucionalizada. Hoy, en el siglo XXI, este fenómeno adopta nuevas formas, incluyendo la violencia digital, el ciberacoso y la espectacularización del daño en redes sociales, lo que genera una normalización de la agresión. En clave del siglo XXI, la filosofía actual abordada desde la hermenéutica, subraya que la tecnología, a pesar de sus beneficios comunicativos, a menudo reduce la empatía y fomenta un diálogo superficial, convirtiendo a la inmediatez en una forma de violencia contra el sentido mismo de la interacción humana.
Frente a este escenario, el diálogo no es sólo un intercambio de palabras, sino una herramienta de resistencia ética. Siguiendo las corrientes de pensamiento contemporáneas, el diálogo genuino implica la capacidad de asumir contradicciones y adoptar una mirada gradualista, superando la lógica del “tercero excluido” que a menudo justifica la imposición sobre el otro. El diálogo se erige así como la antítesis de la violencia, ya que busca el reconocimiento del otro como un par, en lugar de reducirlo a un objeto de dominio.
La filosofía de la ciencia en este siglo enfrenta la tarea urgente de abordar la “ecobiolencia” —la destrucción de los ecosistemas— y la “violencia algorítmica”, demostrando que la racionalidad técnica, si no es acompañada por una ética del cuidado y la responsabilidad, se vuelve contra la humanidad. La no-violencia, citando a Gandhi, no es una moda pasajera, sino un estilo de vida necesario, un “crear cultura” que requiere un diálogo constante para evitar la violencia estructural.
En conclusión, el pensamiento del siglo XXI nos insta a cambiar la violencia —que destruye y detiene el sentido del mundo— por un diálogo activo, empático y constante. El desafío filosófico actual es construir espacios de pensamiento crítico, incluso en medio de la “banalidad del mal” y la velocidad tecnológica, que prioricen la vida y su diversidad sobre la imposición violenta. Creo en el diálogo como principio de vida. Como máxima para entender y entendernos en el mundo.
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