Lo primero que sentí al ver el video del maestro Jasso fue una furia. Todo lo que menciona en esos minutos nos debe mover para que social y políticamente reflexionemos sobre las consecuencias que el excesivo uso del derecho penal y la impunidad en el acceso a la justicia están produciendo.
La oportunidad de esclarecer los hechos y saber si Jasso era culpable se perdió. Con su muerte se cierra la investigación, así que la duda se quedará y sobre esa duda no debemos siquiera seguir especulando sobre los hechos. Es decir: no habrá justicia para nadie.
En su desesperación por el temor a las consecuencias sociales y legales que podría traer la denuncia de su alumna, decidió exponer sus datos personales, lo que la ha puesto en peligro y la ha revictimizado a tal punto que se han hecho videos falsos para decir que ahora ella públicamente reconoce que mintió.
Socialmente, personas y grupos mezquinos están aprovechando la coyuntura para generar repulsión a los derechos de las mujeres y al debido proceso.
Lo que tenemos claro hoy es que en esta historia no hay justicia, el dolor y la impunidad lo han permeado todo.
Jasso tenía miedo de perder su reputación, de ir a una cárcel, de llevar un proceso judicial injusto donde no se le escuchara o se le tomaran en cuenta las pruebas por ser hombre; tenía miedo de ir a la cárcel. Su temor no es infundado: más allá de su caso, sabemos que desde la integración de la carpeta hay una serie de malas prácticas entre las fiscalías y los juzgados que han llevado a prisión a miles de personas inocentes, por cualquier delito, no solo los delitos de género.
Pero la alumna también tenía derecho a buscar justicia, a que se le escuchara, a que se dictaran medidas para protegerla, y hoy carga con un peso que no es su responsabilidad, sino de una sociedad y un Estado que se niegan a buscar soluciones adecuadas para erradicar la violencia.
Quiero complejizar más la discusión, porque esta no tendrá respuestas sino más dudas y preguntas que nos deben llevar a pensar en la prevención. Ninguna persona quiere ser señalada como violenta o que discrimina, pero fuimos criadas en una sociedad que es lo que nos enseña a hacer. Para quienes acompañamos procesos de violencia en espacios laborales y escolares, sabemos que uno de los retos más grandes es aceptar que alguien que consideramos un amigo, compañero de trabajo o buena persona pueda discriminar o violentar a otra. Pero pasa, ha pasado y probablemente tú y yo lo hemos hecho varias veces sin darnos cuenta.
Esta situación que no tendrá una respuesta nos está obligando a subsistir con la duda: no podemos decir que Jasso sí era responsable, tampoco que la alumna mintió.
Por ello esto debe servir para cuestionarnos el uso del derecho penal, para observar y monitorear lo que los operadores de justicia están haciendo, para exigir otras formas de justicia y de prevención de la violencia y, particularmente, buscar medios fidedignos para saber si la información que consumimos es real.
Caer en noticias falsas puede costarle la vida a alguien, como ha sucedido con diversos linchamientos.
Seamos responsables, tengamos conversaciones profundas que traigan otras formas de justicia en este hecho porque aquí la del Estado ya falló.
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