Por: Dino Madrid
Hay momentos en los que un regaño público dice más que mil discursos. Lo que la presidenta Claudia Sheinbaum hizo en Baja California no fue un arranque de temperamento. Fue una advertencia política clara, directa y necesaria.
“Hay que trabajar más con la gente, todos ustedes. Hay que trabajar con la gente, dejar de estar allá y estar en su territorio”, dijo Sheinbaum, señalando con el dedo a un grupo de diputados y funcionarios de Morena. Entre ellos, Armando Ayala Robles, senador; Evelyn Sánchez, diputada; y Miriam Cano Núñez, alcaldesa de San Quintín.
El video circuló ampliamente. Y con razón. Porque lo que captura no es solo un regaño: es el reflejo de un problema que está sucediendo en todo el país.
La desvinculación de los representantes populares de Morena con el pueblo de México no es anécdota aislada. Es fenómeno creciente. Y es peligroso.
Ganamos elecciones históricas. Conquistamos mayorías. Nos confiaron gubernaturas, presidencias municipales, senadurías, diputaciones. Y algunos—no todos, pero algunos—interpretaron ese respaldo como permiso para instalarse cómodamente en el cargo y olvidarse de quienes los pusieron ahí.
Se quedan en la capital. Atienden eventos institucionales. Se toman fotos en inauguraciones. Pero no están en el territorio. No recorren sus distritos. No escuchan a la gente. No resuelven los problemas cotidianos de las comunidades que supuestamente representan. Eso es traicionar el mandato popular.
El regaño de Sheinbaum no fue casual. Fue político. Fue una advertencia clara: el pueblo no nos dio su voto para que nos acomodáramos. Nos lo dio para trabajar.
Y trabajar significa estar en territorio. Significa escuchar. Resolver. Que cuando la gente tenga un problema, sepa dónde encontrarte. Que tu nombre no sea solo el que aparece en la boleta cada tres o seis años, sino el de alguien presente, que responde, que cumple.
Si no hacemos eso, si nos desvinculamos del pueblo que nos eligió, entonces no importa cuántas mayorías tengamos. Estaremos repitiendo exactamente los vicios que criticamos durante décadas.
La desvinculación tiene costos políticos concretos. El primero es la desconfianza. Cuando la gente no te ve, cuando no te encuentra, empieza a dudar. Y esa duda erosiona el respaldo que alguna vez te dieron.
El segundo costo es el distanciamiento entre discurso y práctica. Morena nació con un principio claro: mandar obedeciendo. Gobernar desde abajo. Poner al pueblo en el centro. Si nuestros representantes no están en territorio, ese principio se vuelve pura retórica.
El tercer costo es que abrimos la puerta a que otros ocupen ese espacio. Si tú no estás, alguien más va a estar. Y cuando llegue la siguiente elección, la gente va a recordar quién sí estuvo presente.
Lo que nos distinguió del viejo régimen no fue solo el proyecto político. Fue también la forma de hacer política. La cercanía con la gente. La capacidad de escuchar. El compromiso de estar donde se nos necesitaba.
Eso no puede perderse ahora que tenemos los encargos. Al contrario: ahora que tenemos responsabilidad institucional, la obligación de estar en territorio es aún mayor.
Una cosa es criticar desde la oposición y otra gobernar cumpliendo lo que prometiste. Y lo que prometimos fue hacer política diferente. Eso significa que nuestros representantes no pueden comportarse como los del PRI o el PAN: instalados en oficinas, desvinculados del territorio, más preocupados por mantener el cargo que por servir.
El regaño en Baja California fue dirigido a funcionarios específicos. Pero el mensaje es para todos los que ocupan cargos bajo las siglas de Morena en cualquier nivel, en cualquier rincón del país.
Si eres diputado, tu lugar no es solo el congreso. Es tu distrito. Si eres senador, tu responsabilidad no termina en la Cámara. Empieza en las comunidades que representas. Si eres alcalde, tu oficina no puede ser tu único espacio de trabajo. Tu oficina es el territorio completo.
La pregunta es simple: ¿para qué llegaste? ¿Para ocupar un cargo o para servir al pueblo?
Si es lo primero, estás en el lugar equivocado. Si es lo segundo, ya sabes qué hacer: salir de la oficina y estar donde te más te necesitan.
Morena no es un partido más. Es un movimiento que nació del hartazgo ciudadano contra una clase política que gobernaba de espaldas al pueblo. Si ahora nosotros repetimos esa conducta, si nos instalamos en la comodidad del cargo y olvidamos el compromiso con la gente, estaremos traicionando el sentido mismo de nuestra existencia política.
El regaño de Sheinbaum fue necesario. Y debe servir de advertencia. Porque el pueblo nos está viendo. Y el pueblo no olvida.
Quien olvide esto pronto descubrirá que los cargos son temporales, pero la memoria popular es permanente.
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