Ha de ser porque laboralmente crecí en la radio y sigo viviendo de ella. Rodeado de cables, micrófonos, mamparas, tornamesas, fonogramas, cintas, consolas, trasmisores, audífonos, antenas. A veces, entre cuatro paredes aislantes (una de ellas recortada por un ventanal de doble vidrio); a veces, a los cuatro vientos. A veces solo y mi alma; a veces, con gente que invito a dialogar o interpretar música. A veces, siguiendo una escaleta; a veces, yéndome por la libre. A veces, leyendo notas; a veces, improvisando la charla. Como quiera: al aire. Siempre al bendito, revitalizador, comprometido aire.
Es cosa de mística, no sólo de tecnología. Mucho de magia supone creer que lejos de mí habrá alguien —así sea una sola persona en todo el planeta— prestando sus oídos a mi mensaje a través de un aparato que recibe y hace audible la señal. Como si de verdad estuviera yo enfrente, platicándole cara a cara, quizá hasta ambos con un aromático café en la mano. Y que esta sensación de acompañarle, de emocionarle con mi voz, de contagiarle estados de ánimo, la lleve a que sienta próximo lo remoto y a que vuelva tangible lo incorpóreo. ¿Qué mejor estímulo puedo tener entonces como comunicador?
Tan noble oficio, empero, está sujeto a diversos factores coyunturales que, cuando no lo condicionan, al menos lo cercan. El más importante de ellos es que sobre las cabezas de quienes laboramos en medios audiovisuales, principalmente en la radio pública (institucional, comunitaria, universitaria, etc.), pende una azarosa espada de Damocles: la voluntad política de nuestros superiores en turno, misma que puede ser tan firme como caprichosa, tan abierta como cerrada, tan constante como volátil. En casos así, resulta muy delgada la diferencia entre empatía y escozor de los patrones ante lo que uno hace y dice como obrero en la cabina o el estudio. Peor si ello aterriza en salarios de hambre y en retraso o postergación indefinida de pagos extra. Somos amantes del arte y la cultura, no faquires.
A lo anterior sumemos las endebles condiciones técnicas en que “funcionan” nuestras emisoras públicas. Esperar del Estado apoyos reales para renovar y darle mantenimiento al equipo operativo equivale a pedirle tunas a los huizaches. Tal pareciera que invertir en ese rubro fuese ir en contra de la pretextada austeridad. Y sobran ejemplos. Si apenas hace unos días a la centenaria Radio Educación, decana y modelo de las radios no privadas, le cortaron la luz por no pagarla y hubo que recurrir durante varias horas a una prehistórica planta de dísel para seguir trasmitiendo, ¿qué otra actitud cabe tomar ante la precaria cotidianidad que padecen nuestras estaciones colegas, sino el pesimismo?
Celebrar la radio mundialmente cada 13 de febrero es ahogarla en el romanticismo estéril o en la demagogia, mientras la parafernalia y los reflectores no se reflejen en acciones concretas y permanentes de defensa, validación y resguardo. Aquí es cuando conviene revivir aquel ingenioso palindroma que los radioeducaditos de los años ochenta esgrimimos como eslogan de lucha: «Oíd a Radio», añadiéndole ahora un justiciero remate: «Y hacednos caso».
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