Gilles Deleuze fue un cartógrafo de lo invisible. Su pensamiento, a menudo descrito como una “filosofía de la diferencia”, rompió con la tradición representativa de Occidente para proponer una realidad en perpetuo movimiento. Hoy, en pleno siglo XXI, sus conceptos no sólo siguen vigentes, sino que se han vuelto herramientas indispensables para desmantelar las estructuras de poder contemporánea.
Para Deleuze, el error histórico de la filosofía fue subordinar la diferencia a la identidad. Tradicionalmente, pensamos que algo “es” y luego “se diferencia”. Deleuze invierte esta lógica: lo primario es el flujo, el cambio, el devenir.
Mientras que el pensamiento occidental es “arborescente” (jerárquico, con una raíz central y ramas subordinadas), Deleuze propone el rizoma. Un sistema horizontal, sin centro, donde cualquier punto se conecta con otro.
No hay un mundo de ideas superior, como manifestaba Platón, ni un Dios externo que dicte las leyes. Todo sucede en un plano de consistencia único donde la vida se auto-organiza.
Deleuze solía decir que una teoría es como una caja de herramientas: debe servir para algo, debe funcionar. Su legado en el siglo XXI no es un dogma, sino una invitación a la experimentación. En un mundo saturado de identidades rígidas y algoritmos predictivos, el pensamiento deleuziano nos recuerda que siempre existe una línea de fuga, un espacio para la creación y para lo inesperado.
En un mundo saturado de información y mediado por la inteligencia artificial, la creatividad y el pensamiento complejo no solo aumentan la productividad, sino que también garantizan un uso crítico, ético y significativo de la tecnología. Son, en esencia, las habilidades que permiten que la tecnología esté al servicio del ser humano, y no al revés
La creatividad permite ir más allá del uso mecánico de herramientas digitales. Mientras la inteligencia artificial puede generar respuestas, imágenes o soluciones, es la persona quien formula las preguntas, define los problemas y propone enfoques originales. Sin creatividad, el usuario se limita a reproducir lo existente; con ella, puede innovar, combinar ideas y generar valor nuevo. En este sentido, la IA no sustituye la creatividad humana, sino que la amplifica.

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