De política, burocracia y su buen desempeño

De política, burocracia y su buen desempeño

DESDE LO REGIONAL

Raul Arroyo
Febrero 9, 2026

No son iguales política y burocracia. Esa confusión abunda hasta el fracaso por no entenderse sus diferencias. Max Weber lo explicó desde las primeras décadas del siglo pasado. Cada una exige habilidades propias a quienes las desarrollan para ser exitosas.

De otra suerte van a similar destino: el fracaso

Ambas parten de la vocación, el empaque para sostenerlas y desarrollarlas con éxito. Sus rutas pueden coincidir en una misma persona, pueden coincidir de forma innata; pero es más segura su complementación con otros elementos.

La persona dedicada a la política tiene – no necesariamente -, mejor posibilidad de conducir una buena administración pública; la formada en la burocracia no se adapta fácilmente a las condiciones del poder. Lo ideal es un binomio donde se conjuguen, su éxito será mayor.

Eso implica, además de voluntad, dos condiciones: seguridad personal y buen acompañamiento. Quien hace política y alcanza por esa vía el poder, no puede temer frente a nadie, por mejor persona, más preparada o experta, pero sin llegar a la soberbia.

El presidente Obregón es el mejor ejemplo. Así también, la buena burocracia exige rigor en el conocimiento, constante preparación y humildad para aprender de quien sea.

De ahí la necesidad de calidad, entusiasmo y pluralidad en los equipos al rededor. Siempre deben tener disposición, propuestas, compromiso y, muy importante, empatía con quien dirige y en el proyecto, sin necesidad de órdenes para actuar con precisión en cada circunstancia.

De no ser así, quien manda y quien colabora estarán en constante riesgo de situaciones incómodas, cuando no del tropiezo, el ridículo y enseguida del fracaso.

La política y el servicio público exponen a quienes les adoptan como forma de vida a una situación ineludible: la exposición mediática. Cada gesto, cada actitud, cualquier titubeo, una palabra, pueden desatar un ambiente hostil, desvelar aspectos negativos y exhibir a la persona magnificando sus precariedades, ante una sociedad mejor informada en tiempo real, más crítica y proclive al escarnio.

De ahí también la necesidad de las personas políticas y burócratas de alto perfil, de prever y hacer prever a sus círculos cercanos las consecuencias de sus errores, omisiones y lambisconería, e imprescindible sensibilidad en su desempeño. Además de la capacidad de una reacción inteligente y sensata, para aceptar los errores sin empeorarlos.

Para evitar riesgos, conviene a quienes transitan por la vida pública, sea la alta burocracia o el protagonismo político, diferenciar entre hacerlo sin rumbo, gestionando el día a día conforme se presente, o trazar una ruta con objetivo claro en terreno resbaladizo, donde el mareo de mandar rebasa el límite de la dignidad.

Esto es, trabajar por un sitio en la alta burocracia, como lo alcanzaron Eduardo Suárez, Jaime Torres Bodet y Jesús Kumate, en el gobierno mexicano del siglo XX; o terminar en el descrédito por el abuso del cargo en el ejercicio de la administración; es ejercer el poder político para conducir una nación al triunfo, como hicieron Churchill o Mandela, convencer con hechos de un proyecto ideológico a la manera de Mitterrand, o acabar en la peor nómina de la historia por yerros y abusos personales, o del entorno.

El jurista José Elías Romero Apis lo ejemplifica magistralmente: al presidente Lázaro Cárdenas le bastó una decisión, la expropiación petrolera, para trascender su gobierno como estadista; al presidente Díaz Ordaz los hechos de Tlatelolco le redujeron el suyo a una tarde sangrienta.

Si hay improvisación en el ejercicio de la política y el desempeño de la función pública, más cuando están implicadas, quedarán en anécdota, intrascendente aventura protagónica, y peor: lastimoso demérito de las funciones e instituciones a cargo.

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