Enrique Rivas columna Vozquetinta

Enrique Rivas

De lengua me como un día

Vozquetinta

Enrique Rivas Paniagua
Febrero 22, 2026

La lengua materna, le dicen, como si no fuese —o no hubiera— también paterna. Cuestión de genes, naturalmente, y de contexto familiar. O al menos yo reconocí muy temprano mi vocación lingüística, tanto a través de Chabelita Paniagua como de Rodolfo Rivas.  Recuerdo bien que la semilla hablante sembrada por mi padre empezó a germinar en mí desde aquel feliz momento cuando me platicó que había descubierto por fin de dónde provenía el extraño nombre que en la Huasteca usamos para designar a cierto tipo de pan casero: del inglés ginger bread (‘pan de jengibre’), huastequizado como «chichimbré».

La mater-pater linguae, si vale un latinajo así; o mejor: lengua «mapaterna». Aquella a la que el mundo le canta mañanitas cada 21 de febrero. Aquella que nos da piso en el tránsito de la vida y nos salva de caer en el desfiladero de la incomunicación. Aquella que nos permite encadenar una idea, una vivencia, una sensación, con otra. Aquella por la cual conjugamos a diario tres verbos capitales: identificar, pertenecer, existir. En suma, una indeleble marca de agua, aunque ni cuenta nos demos a veces de llevarla en nuestro ADN.

La lengua docente, también, porque la enriquecemos entre pizarrones, pupitres, libros de texto y cuadernos. La escuela como prolongación de lo hogareño, con todas sus ventajas y desventajas implícitas. El aula como ámbito exterior del vientre y corresponsable de la vida comunitaria. El profesorado como alma máter, o sea, como ‘alma nutricia’, que eso significa dicha voz en latín. Lástima que ahora ya no se preste al idioma la atención curricular que antes merecía, cuando se titulaba «lengua nacional», y que poco o nada se interese el actual magisterio por trasmitir al alumnado el amor hacia la palabra oral y escrita.

La lengua puesta al microscopio, para comprenderla, paladearla y ejercerla a plenitud. Me encanta diseccionar el lenguaje, explorar cómo se construye, excavar en sus etimologías, con mayor razón si éstas provienen del náhuatl o de otra lengua indígena. Respeto sus afeites ortográficos y sintácticos, pese a que en ocasiones me rebelo ante aquellos usos y reglamentos cultistas que considero ilógicos o imprácticos. Y no por pedantería sino por simple antojo creativo, hasta me atrevo a inventar vocablos, sobre todo compuestos, empezando por el que encabeza esta columna: Vozquetinta.

La lengua callejera, y la de pipa y guante. La coloquial, y la solemne. La de refranes, locuciones populares y dicharachos, y la de textos clásicos, frases célebres y citas formales. Herramienta más valiosa para servir a los demás no pudieron heredarme mi máter y también, faltaba más, mi paterfamilia.

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