Cuando la apariencia decide quién estorba

Jorge González Correa

Cuando la apariencia decide quién estorba

El clasismo y el racismo en Pachuca no siempre se expresan de manera frontal. A menudo aparecen en episodios cotidianos, normalizados, que muchos prefieren llamar “malentendidos”, pero que en realidad reflejan prácticas de exclusión profundamente arraigadas.

Jorge G. Correa
Enero 22, 2026

El clasismo y el racismo en Pachuca no siempre se expresan de manera frontal. A menudo aparecen en episodios cotidianos, normalizados, que muchos prefieren llamar “malentendidos”, pero que en realidad reflejan prácticas de exclusión profundamente arraigadas. No son hechos aislados ni exageraciones: son señales de una cultura que sigue juzgando a las personas por cómo se ven.

De acuerdo con el testimonio de un comerciante local, propietario de una barbería y de tez morena, este domingo acudió a Galerías Pachuca para comprar ropa para su familia. Ingresó a una tienda de una marca de ropa juvenil como cualquier cliente. Mientras revisaba productos, un grupo de jóvenes habría comenzado a realizar comentarios relacionados con su apariencia física y la forma en que vestía.

Según su relato, al confrontarlos de manera verbal, los jóvenes optaron por retirarse del establecimiento. Hasta ese momento, el episodio parecía concluido. Sin embargo, minutos después —siempre de acuerdo con la versión del afectado— personal del lugar y elementos de seguridad le solicitaron que abandonara la tienda, argumentando que la situación podía “afectar a consumidores potenciales”.

La expresión resulta reveladora, no desde un punto de vista legal, sino social. ¿Quién define quién es un consumidor potencial? ¿En qué momento una persona deja de ser cliente por su apariencia? El afectado señala que se sintió excluido no por su conducta, sino por características físicas que no encajaban con una imagen preconcebida del consumidor “deseable”.

Finalmente, salió del establecimiento y realizó sus compras en otro lugar. No hubo confrontaciones mayores ni denuncias formales. Pero el episodio dejó una marca clara: las decisiones que se toman bajo el argumento del orden o la prevención también comunican valores, aun cuando no exista una intención explícita de discriminar.

Este tipo de situaciones obligan a una reflexión incómoda pero necesaria. ¿Por qué en Pachuca —y en Hidalgo— sigue siendo tan común evaluar a las personas por su apariencia? ¿Por qué se asocia el consumo, el estatus o la pertenencia con rasgos físicos o formas de vestir? No se trata de señalar políticas institucionales de discriminación, sino de reconocer prácticas cotidianas que generan exclusión real.

Ojalá que, en un contexto donde los juicios rápidos y la descalificación se han normalizado, exista espacio para revisar protocolos, capacitar mejor y entender que la diversidad no espanta clientes ni rompe la convivencia. Porque cuando alguien es invitado a irse por cómo se ve, el problema no es individual. Es social.