Muy odiado señor: Usted…, digo, usted…, ¿cómo se llama? Ah, sí, creo que Alz y se apellida Heimer, ¿no? Bueno, como sea, no deja usted de serme detestable. Y no se haga la víctima. Ni modo de quererle cuando veo que ya le urge introducirse en mi vida, dispuesto a no dejar piedra sobre piedra del muro donde más cómodamente me recargo: la memoria. ¿Quién le dio permiso de andar de metiche conmigo, borrando mis sagradas añoranzas? Yo no recuerdo habérselo dado. ¿O será que ya me contagió usted su maldita amnesia?
No se le olvide (¡y mire que uso el verbo que usted mejor conjuga: olvidar!) el papel que en alguien como este talachero comunicador juega la memoria. Desde niño, ella es mi tona, mi espíritu tutelar. Me ha permitido traer a la mente (y de allí a los labios o a los dedos) la idea, el dato, la información, el hecho, la anécdota, el entusiasmo vivido, la experiencia acumulada, y principalmente el cómo trasmitir por vía oral o escrita tales vivencias, más aún como conductor radiofónico, tan proclive que soy a la locución improvisada. No sé de qué me habría mantenido si en cualquier medio de comunicación donde pretendiese trabajar me corrieran de buenas a primeras por desmemoriado.
Manténgase a distancia, señor, so pena de que lo mande al carajo cuando intente usted acercarse más de lo razonable. Tómelo, si así quiere, como una amenaza de mi parte. Estoy dispuesto a declararle la guerra con la mejor arma que posee mi memoriosa tercera edad, aquella utópica arma que, siendo todavía joven, definí como “el recuento de futuros ayeres”. O le daré un machetazo a caballo de espadas, olvidándome que usted y su pernicioso avance existen. Digo, si ambos nos ponemos en plan de amnésicos, a ver entonces de qué cuero salen más correas.
Lo que son las cosas: ya no me acuerdo qué más iba a escribirle en esta misiva. Me imagino que, aparte de explicarle mi situación personal y exigirle que no intervenga en ella, le daría a conocer el motivo de mi preocupación, a resultas de un lapsus oral reciente cuando, al grabar mi programa, se me borró por completo equis palabra sencilla y perdí de pronto la habilidad de hallar rápidamente un sinónimo que me sacara del apuro. Sí, ya sé que eso es hasta cierto punto normal, que puede pasarle a cualquiera, pero a mí me dejó muy pensativo. ¿Ve para qué sirve usted y por qué quiero evitar que haga de las suyas?
Llévela tranquis, señor, por su bien y, sobre todo, por el mío. Ya no estoy en edad ni de humor para empezar a jugar a las escondidillas con usted. No abuse de mi tolerancia. Respete el tiempo de vida que me queda. Nada gana con añadirme a la lista de mis familiares o amigos diagnosticados con su nombre. En suma: mejor aplique a usted mismo el alzheimer y bórreme de su memoria. Sin otro particular, aprovecho la ocasión para enviarle un cordial, definitivo hasta nunca.
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