Organilleros en Pachuca

Armando y María Hernández: endulzando Pachuca con el sonido del organillero

Armando y María Hernández mantienen viva la tradición del organillero en Pachuca, llevando música y nostalgia a las calles con esfuerzo y pasión diaria.

Dulce Castillo
Marzo 28, 2026

Desde hace tres años, las calles de Pachuca se llenan de un sonido que remite a otra época: el del cilindro organillero, un instrumento que Armando y María Hernández tocan con pasión y dedicación. Los hermanos, de 25 y 20 años respectivamente, se han convertido en parte del paisaje sonoro de la ciudad, llevando melodías que, según ellos, buscan “endulzar los oídos de la gente”.

“Se siente bien recibir los aplausos y la atención de quienes nos escuchan”, comenta Armando, mientras ajusta su organillero antes de salir a recorrer las calles. María coincide: “Lo más bonito es cuando llegamos a un evento, una reunión o incluso una comida, y la gente se pone a bailar con nuestra música. Eso nos da alegría y nos motiva a seguir”.

Armando y María Hernández: endulzando Pachuca con el sonido del organillero

El organillero no es un instrumento común. Cada aparato funciona con un rollo que contiene ocho notas pregrabadas, y cambiar la melodía requiere destreza y cuidado. “No es como hoy en día con las bocinas, que puedes poner cualquier canción. Cada rollo viene grabado y hay que cuidarlo mucho. Si se daña, ya no suena igual”, explica Armando. Por ello, el mantenimiento es constante: limpiar, aceitar piezas y acomodar las puntillas, y en casos más delicados, acudir a talleres especializados.

Aprendieron a tocar gracias a un familiar, un tío que dominaba la técnica y les transmitió la pasión por este arte. “Nos enseñó desde chiquillos, y luego practicamos en la calle”, dice Armando. Aunque no consideran que tocar el organillo sea difícil, reconocen que exige ritmo y paciencia. “Hay que llevar la cadencia adecuada, a veces más rápido, a veces más lento. Hay que agarrarle el chiste”, comenta María.

Armando y María Hernández: endulzando Pachuca con el sonido del organillero

Su rutina diaria comienza temprano. Desde las 8 de la mañana y hasta cerca de las 7 u 8 de la noche, recorren las calles más transitadas de la ciudad, caminando con el organillero, a veces por kilómetros, llevando melodías a quienes pasean o trabajan. A pesar del esfuerzo físico que implica, aseguran que la experiencia vale la pena. “Hacemos ejercicio, conocemos gente y disfrutamos lo que hacemos. Sin duda, volveríamos a elegir esta profesión”, asegura María con una sonrisa.

El arte del cilindro enfrenta desafíos: la apreciación del público no siempre es constante, y hay días con más o menos ingresos. “Hay altas y bajas, pero no es de quejarse. Lo importante es tocar con gusto y dar lo mejor de nosotros”, dice Armando. Entre sus piezas favoritas está Cien años, un clásico que nunca deja de emocionar al público y que, para ellos, representa la esencia de su trabajo: transmitir alegría y nostalgia.

Armando y María Hernández: endulzando Pachuca con el sonido del organillero

Más allá del entretenimiento, los hermanos Hernández buscan que la gente valore la dedicación detrás de la música callejera. “No es porque nos cooperen o no, sino que al menos escuchen la canción y, si sale del corazón, una monedita nunca está de más”, dice Armando. Para ellos, cada nota que suena en la calle es un puente entre generaciones, una manera de mantener viva una tradición que viene de antaño y que requiere paciencia, disciplina y cariño por el arte.

Día tras día, Armando y María recorren Pachuca con su organillo, convirtiendo plazas y calles en escenarios improvisados, donde su música hace que transeúntes se detengan, sonrían y recuerden que, aunque los tiempos cambien, la música siempre encuentra la manera de unir a las personas. Para estos jóvenes, tocar el organillero no es solo un oficio; es un acto de amor hacia la música, hacia la ciudad y hacia quienes la habitan.

Con cada giro de manivela, con cada nota que vibra en la calle, los Hernández no solo tocan melodías: preservan un legado cultural y lo hacen accesible para todos, recordando que la música callejera también puede ser un arte que emociona, educa y une a la comunidad. En un mundo acelerado y lleno de ruido digital, su organillero es un recordatorio de que la tradición y la dedicación aún pueden resonar, literalmente, en cada rincón de Pachuca.

Armando y María Hernández: endulzando Pachuca con el sonido del organillero

Sigue nuestro CANAL ¡La Jornada Hidalgo está en WhatsApp! Únete y recibe la información más relevante del día en tu dispositivo móvil.