A propósito de los 157 años de la erección del estado de Hidalgo

A propósito de los 157 años de la erección del estado de Hidalgo

En esta fecha tan significativa, me parece el momento perfecto para hablar de lo que significa ser hidalguense para alguien que no nació aquí.

Redacción
Enero 16, 2026

— No nací aqui, pero decidí ser Hidalguense.

Hoy se cumplen 157 años de la erección del Estado de Hidalgo. Un siglo y medio largo desde que esta tierra—bella, resiliente, histórica—dejó de ser parte del Estado de México para convertirse en entidad propia. Ciento cincuenta y siete años de construir identidad, de forjar carácter, de escribir historia. Y en esta fecha tan significativa, me parece el momento perfecto para hablar de lo que significa ser hidalguense para alguien que no nació aquí.

Hay algo profundamente revelador en esa obsesión de cierta fauna de redes sociales por recordarme, un día sí y al otro también, que no nací en Hidalgo. Como si la pertenencia fuera un asunto de biología y no de decisión. Como si la identidad se repartiera en el hospital al nacer y ya no hubiera más que discutir. Como si ser de un lugar fuera un título nobiliario heredado y no una construcción cotidiana, consciente, ganada a pulso.

Pues bien, para desencanto de estos guardianes imaginarios de la hidalguensidad: no nací aquí. Y sin embargo, decidí ser hidalguense. Y esa decisión—que a algunos les produce urticaria ideológica—dice más sobre lo que significa pertenecer a un territorio que cualquier acta de nacimiento.

Nacer en un lugar es puro azar. Nadie elige la coordenada geográfica de su primer llanto. Es un accidente hermoso, si se quiere, pero accidente al fin. Lo interesante, lo que dice algo sobre quiénes somos, es dónde decidimos echar raíces. Dónde elegimos construir, aportar, quedarnos. Dónde invertimos nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestros afectos.
Yo pude haber llegado a Hidalgo de paso, como muchos otros. Cumplir con lo mínimo, mantener las maletas a medio hacer por si se presentaba algo mejor en otro lado, y vaya que lo hubo. Eso es lo que hacen muchos, usar los territorios como trampolín, como peldaño en una escalera personal que siempre mira hacia arriba, hacia el centro, hacia donde sea menos aquí.

Pero no. Decidí quedarme. Decidí que Hidalgo no sería una estación de paso sino un proyecto de vida. Decidí que valía la pena conocer sus rincones, entender sus problemas, aprender de su gente, militar por su transformación. Y esa decisión—consciente, deliberada, sostenida en el tiempo—me hace tan hidalguense como cualquiera que tenga el orgullo de haber nacido entre estos cerros.

Lo que molesta a los comentaristas de ocasión no es mi lugar de nacimiento. Es otra cosa. Lo que les incomoda es que alguien que no “es de aquí” se atreva a opinar, a participar, a tener voz en los asuntos públicos. Como si la política fuera un club privado donde solo pueden hablar sus socios fundadores.

Ese nacionalismo charro de barrio—pequeño, territorial, defensivo—es una de las trampas más efectivas del conservadurismo. Porque fragmenta. Divide. Hace que miremos con recelo al que viene de fuera en lugar de preguntarnos si viene a construir. Confunde origen con intención. Y termina siendo funcional, curiosamente, a las mismas élites que durante décadas trataron a Hidalgo como su coto de caza personal.

Y ya que estamos hablando de procedencias y de quién tiene derecho a estar dónde, me gustaría escuchar la opinión de estos guardianes de la pureza territorial sobre las redadas inhumanas que ICE está realizando en Estados Unidos contra nuestros hermanos hispanos. Esos mismos que me reclaman no haber nacido en Hidalgo, ¿qué tienen que decir cuando familias enteras—muchas de ellas hidalguenses—son perseguidas, separadas, deportadas como si fueran criminales por el simple hecho de buscar una vida digna?

Qué conveniente, ¿no? Defender las fronteras imaginarias cuando se trata de excluir, pero quedarse en silencio cuando se trata de defender a los nuestros que cruzan otras fronteras buscando lo que aquí les fue negado durante décadas de saqueo y abandono. Qué cómodo exigir pureza de origen en las redes sociales mientras se ignora la violencia institucional contra migrantes que, casualmente, también “no nacieron allá” pero decidieron intentar construir una vida mejor.

Si tanto les preocupa quién pertenece y quién no, empecemos por hablar de eso. De la doble moral de quienes defienden identidades locales mientras son cómplices silenciosos de la xenofobia global.

Ser hidalguense—o ser de cualquier lugar—no es un dato pasivo. Es una construcción activa. Es levantarte cada día y decidir que este territorio merece tu mejor esfuerzo. Es conocer su historia no como anécdota pintoresca sino como memoria viva que explica el presente. Es entender que los problemas de Pachuca, de Tulancingo, de la Comarca Minera, de la Huasteca, del Valle del Mezquital, no son folklore sino urgencias reales que requieren soluciones reales.

Es también—y esto es importante—no caer en la trampa del paternalismo. Porque hay quien llega de fuera y se coloca en posición de salvador. “Yo, que vengo de allá, les voy a enseñar cómo se hacen las cosas”. Eso tampoco es pertenecer. Eso es colonialismo con buenas intenciones.

Pertenecer es lo contrario: es llegar con disposición de aprender. Es reconocer que la gente de aquí sabe cosas que tú no sabes. Que tiene un conocimiento del territorio, de sus dinámicas, de sus códigos, que ningún foráneo va a captar en tres meses. Y que tu aporte—si es que lo hay—viene precisamente de la combinación entre esa mirada fresca que trae quien llega y el conocimiento profundo de quien ya estaba.

En estos 157 años, Hidalgo ha sido construido por generaciones que entendieron esto. Que supieron que la identidad no se defiende cerrando puertas sino abriéndolas a quien viene con voluntad de aportar. Que convirtieron esta tierra en lugar de encuentro, no en fortaleza excluyente.

Los comentaristas discriminatorios hacen la pregunta equivocada. No deberían preguntarse de dónde soy, sino qué hago aquí. Y ahí sí que la conversación cambia.

Estoy aquí porque creo en la transformación de Hidalgo. Porque entiendo que este estado, durante demasiado tiempo, fue tratado como provincia de segunda. Porque veo potencial donde otros ven atraso. Porque milito—no simulo, milito—por un proyecto que pone al centro a la gente y no a las élites.

Estoy aquí porque el trabajo que hago aporta. Porque las causas que defiendo son justas. Porque las batallas que doy—aunque incomoden a algunos—son necesarias para que Hidalgo deje de ser el patio trasero del país y se convierta en lo que puede ser.
Y estoy aquí, sobre todo, porque decidí estarlo. Y esa decisión tiene un peso político, ético y afectivo que ningún reclamo mezquino de pureza identitaria va a erosionar.

Los movimientos transformadores tienen un desafío permanente: no convertirse en versiones progresistas del mismo tribalismo que critican. Porque es muy fácil caer en la tentación de construir murallas. De definir quién es “auténtico” y quién no. De establecer jerarquías de pertenencia donde unos son más legítimos que otros.

Eso es precisamente lo que hacía el viejo régimen: trazar círculos cada vez más pequeños de legitimidad para controlar mejor el espacio político. Y si nosotros replicamos esa lógica—así sea con la mejor de las intenciones—, entonces no estamos transformando nada. Solo estamos cambiando los nombres de los dueños del club.

La verdadera transformación se construye desde la apertura. Desde el reconocimiento de que lo que nos hace comunidad no es haber nacido en el mismo código postal, sino compartir un horizonte de justicia.

Desde la certeza de que la lucha por un Hidalgo digno, próspero y justo no es patrimonio de quienes tienen cinco generaciones enterradas en el panteón municipal, sino de todos los que estamos dispuestos a dar la batalla por ese futuro.

A los guardianes imaginarios de la hidalguensidad, les digo con toda claridad: pueden seguir preguntándose de dónde vengo. Yo voy a seguir construyendo desde donde estoy.

Pueden seguir reclamándome que no nací aquí. Yo voy a seguir trabajando para que los que sí nacieron aquí tengan mejores oportunidades, más derechos, más dignidad. Y voy a seguir defendiendo a los hidalguenses que tuvieron que irse al norte—los que tampoco “nacieron allá”—y que hoy enfrentan redadas, humillaciones y separación familiar mientras ustedes se dedican a fiscalizar actas de nacimiento en redes sociales.

Pueden seguir midiendo legitimidades con la vara equivocada. Yo voy a seguir midiendo mi compromiso con la única vara que importa: el servicio al proyecto de la cuarta transformación.

Porque al final, compañeros, compañeras, en este 157 aniversario de la creación de esta bella tierra llamada Hidalgo, vale la pena recordar que ser de un lugar no se trata de dónde te parió tu madre. Se trata de dónde decides parir tus sueños, tus luchas, tu futuro. Y yo decidí que fuera aquí. En Hidalgo. Que no me vio nacer, pero que me verá—con ustedes, junto a ustedes—construir.

Y esa decisión, con todo respeto para los guardianes del azar geográfico, no necesita permiso de nadie.

¡Felices 157 años, Hidalgo! Seguimos.

Por: Dino Madrid