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Daniel Fragoso Torres

Hacer para poseer

EL SURTIDOR

Daniel Fragoso
Enero 4, 2026

En 1766 la palabra “productividad” se mencionó por primera vez, pero fue hasta 1883 que Littre definió a la palabra como la “facultad de producir”, es decir, el deseo de producir. De aquel tiempo hasta 1920 la presencia del término fue utilizada por los científicos que se centraron en la evolución tecnológica y en los principios de aplicación industrial.

Es hasta las décadas de 1970 a 1990 que la productividad se concibe en igualdad que la efectividad y la eficiencia. En las décadas siguientes la productividad devoró los conceptos de la vida y los unificó en uno solo: hacer para poseer.

En un artículo reciente del diario español Público se puede leer que “La principal tesis de Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio es que la pesadez interior que muchos sentimos es consecuencia de una autoexigencia desmedida derivada de la coyuntura en la que vivimos.

O lo que es lo mismo, a sus ojos, la sociedad del siglo XXI plantea un escenario en el que las estructuras sociales tradicionales han dado paso a un nuevo modelo sustentado en aquello que él tilda de autoexplotación. Una condición transversal, que afecta tanto a trabajadores como a los dueños de los medios de producción”.

Si lo observamos detenidamente esto nos ha llevado a que en el año 2026, el agotamiento ya no se vive como una consecuencia natural del esfuerzo físico, sino como un síntoma sistémico de una civilización que ha colapsado bajo el peso de su propia libertad aparente. Estar “cansado de la vida diaria” en el siglo XXI no es una fatiga que se cure con el sueño; es una patología del alma que los filósofos contemporáneos han identificado como el rasgo definitorio de nuestra era.

Estar cansado en el siglo XXI es, en última instancia, un grito de resistencia del cuerpo y la mente ante un sistema que exige transparencia total y rendimiento infinito. Es la manifestación de una crisis espiritual donde la “vida nuda” (mera supervivencia biológica y productividad) ha desplazado a la “vida buena”.

la solución no es “descansar para seguir produciendo”, sino recuperar el derecho al aburrimiento profundo, a la contemplación y a la negatividad del “no hacer”. Solo reconociendo que este cansancio es un síntoma de un sistema enfermo, y no una falla personal, podremos empezar a construir una vida que valga la pena ser vivida, más allá del imperativo del éxito.

El cansancio que domina el siglo XXI es el cansancio del agotamiento. Es un cansancio que cierra los ojos, que nos encierra en nuestra propia “mismidad” y nos impide ver al “Otro”. Es el cansancio de quien está cansado de ser él mismo, de tener que gestionarse como si fuera una marca personal en redes sociales.

Autores como el británico Mark Fisher han explorado el cansancio desde el “realismo capitalista”. Fisher argumentaba que vivimos en un estado de fatiga mental porque somos incapaces de imaginar un futuro distinto. La vida diaria se convierte en un bucle de consumo y trabajo donde el tiempo parece haberse detenido en un presente perpetuo.

Este agotamiento es también un cansancio de la atención. En 2026, la economía de la atención ha fragmentado nuestra psique. Como señala la filósofa francesa Stephan Vinciguerra o el pensador franco “Bifo” Berardi, nuestra sensibilidad está siendo “erosionada” por el ritmo acelerado de las máquinas digitales. La fatiga del siglo XXI es la de un cerebro que intenta procesar estímulos a una velocidad para la que no fue diseñado, lo que Berardi denomina la “patología de la hiperexcitación”.

Vivimos como si fuéramos máquinas que únicamente estamos aquí para producir, sin darnos cuenta que hemos venido aquí para algo más grande que producir. Olvidamos que hasta los mejores sistemas de producción se desgastan, se descomponen y mueren. 

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