Fonoteca silenciada

Vozquetinta



Las cuerdas vocales de la Fonoteca Nacional sufren un virus crónico. A la austeridad se le hizo fácil imponerle un recorte del 80 % de su presupuesto y el despido de 93 especialistas (en restauración, preservación, digitalización, investigación, catalogación, difusión, etc.), condenados como estaban al ahora famoso capítulo 3000 ¿Qué podrá hacer la institución con sus 27 trabajadores restantes (salvados por la campana, gracias a ser de base) y acaso, en el menos pesimista de los horizontes, 40 o 50 externos que recontrate por tareas fijas (desde luego, tresmilados; léase: sin prestaciones sociales)?

En un comunicado a la opinión pública, quienes ahí trabajan (perdón: trabajaban) han expuesto la preocupante situación laboral y el futuro mismo de la dependencia. También varios integrantes del ámbito artístico o académico han externado su inquietud ante el inminente riesgo de un deterioro o pérdida irreparable de los repositorios. Circulan incluso advertencias, en voz de un par de herederos comodantes, de solicitar la devolución de los tesoros musicales reunidos con tanta dedicación por sus difuntos progenitores. Y roguemos porque la comunidad internacional no exija cuentas, dado que siete de los proyectos de la Fonoteca fueron inscritos en el programa Memoria del Mundo, promovido por la Unesco.

Su acervo suma 540 mil documentos sonoros y 492 mil 300 soportes físicos, la mayoría de ellos incluidos en 239 fondos y colecciones. Una de éstas, lo digo con el Jesús en la boca, es puntada mía. Hace tres años doné (fue donación, no comodato) parte de mi extensa compilación discográfica de música mexicana: 1 mil 500 fonogramas de 78 rpm y medio millar de 45 rpm. Expresé además el compromiso de otorgar después el resto: dos mil elepés, una cantidad igual de discos compactos y todas mis grabaciones de campo ¿Qué pasará con lo que ya cedí (calladito no se ve más bonito)? ¿Debo entregar algún día lo pendiente?

¡Bastante covidosos estamos como para, encima, damnificar más a la cultura (salvo, claro, la lucidora de Chapultepec, absorbente del mayor porcentaje presupuestal del sector)!

Referente mundial en la materia, pese a sus cortos años de vida, la Fonoteca Nacional tiene la alta misión de ser nuestra memoria sonora. Sin su resguardo, sin su continuidad, México caería en el más atroz de los silencios. Muchos la sentimos desahuciada o en franco estado vegetativo. Por lo pronto se queda afónica. A ver si no terminamos por renombrarla Afonoteca o, peor, Mudoteca Nacional.

Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos