2026 se muestra vertiginoso dentro y fuera de nuestras fronteras. Apenas transcurridas sus primeras semanas, igual se advierte el ritmo de los meses próximos. Solo iniciar, el año quedó marcado por eventos generadores de una nueva geopolítica de consecuencias medianamente previsibles.
Sin embargo, parecerá paradójico, pero quizá por esa misma condición no todo se puede, al menos no cuando también se aprecian condiciones para suponerlo así. Hay variables convertidas en freno, cuando no en impedimento, al menos de manera temporal.
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Y no únicamente eso. En nuestro caso, la vecindad inmediata en la frontera norte influye las decisiones propias en un día a día prácticamente repentino, superior al derecho internacional, las costumbres y prácticas tradicionales de la buena diplomacia mexicana.
Sucede allá y acá. Van tres ejemplos, dos extranjeros y uno doméstico: en los Estados Unidos el presidente Trump, con un poder visible e indudable, no ha logrado hacerse del control de la Reserva Federal y está próxima la decisión de la Suprema Corte norteamericana respecto de su decisión de despedir a una integrante de su Junta de Gobernadores.
Esto es, quien pudo presentar ante un juez de su país a un Jefe de Estado extranjero, acusándolo de actos criminales, con todo cuanto eso implica, no logra remover del cargo a un funcionario del suyo. Además, le apremia la proximidad de las elecciones intermedias.
Otro: tras décadas de un proceso económico-político para constituirse como bloque supranacional, con todo el poder sumado de los países miembros, la Unión Europea se tambalea frente al propósito, venido desde el otro lado del Atlántico, de forzar a uno de ellos a la venta –sí o sí -, de un territorio estratégico en otro continente. El resultado, lo observan así los expertos, puede provocar el desmembramiento, primero de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, y luego de la misma UE.
El tercero nos corresponde. Es el reciente impasse de la reforma constitucional anunciada hace meses por la presidenta Claudia Sheinbaun, con el propósito de modificar el sistema electoral, e incluso el régimen político, del país.
Respecto de anteriores reformas en la materia, a partir de la aprobada en 1977, la construcción de esta difiere, para aquella y las posteriores se privilegió una iniciativa consensuada por las fuerzas políticas, esta se encargó a una comisión gubernamental designada por la titular del Ejecutivo. El resultado de la propuesta es desconocido, solo algunos trascendidos llevan a suponer la imposibilidad de convertirla de inmediato en iniciativa presidencial para enviarse al Congreso de la Unión.
Si eso es así estamos ante una realpolitik limitada por la terca realidad donde no solo hay política, también la eventualidad de los elementos naturales, accidentes, movimientos religiosos, intereses del mercado y, por supuesto, influencias personales.
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Es entonces el determinismo la oportunidad de variar los horizontes, vislumbrar otras posibilidades, cambiar de opinión sin resentirlo como demérito, imaginar riesgos por muy tardíos; es tomar conciencia de la relatividad de las decisiones a largo plazo, para mejorarlas. Por algo el premier británico Winston Churchill apuntó a la conveniencia de una política pensada para las próximas generaciones, no para las siguientes elecciones.
Las órdenes exitosas no siempre los son a futuro, pueden mostrar sus yerros antes de lo deseado. En la vida pública la precipitación no abona a favor del mandato. A quienes aspiran tener un lugar respetable en la Historia, siempre les será útil pensarlas dos veces; no les demerita modificarlas, esa puede ser la llave para alcanzar aquel sitio o la crueldad de su epitafio.
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