Bolígrafo en ristre

Vozquetinta

—¡¿Quiere otra pluma?! Pero si la última se la llevó hace apenas dos semanas. ¿Tan rápido se la acaba, oiga?

Y la buena señora de la papelería de la esquina, tras recibirme con una indulgente cara de what? y una risilla, me vende el enésimo bolígrafo del año, el de la marca que siempre le pido, a sabiendas de que es mi favorito por no tener tapa sino botón retráctil (reflejo de mi fascinación hacia los clicks en las cámaras réflex no digitales) y por la intensidad de su gel de tinta negra (reflejo de mi negra conciencia, igualita al color de aquellas antiguas películas fotográficas). Todo un rito de complicidad entre mi marchanta y yo.

¡Aaah!, el gozo táctil de acomodar un arma así entre el índice y el pulgar. Empuñarla para surfear con su punta en las azules olas-renglones de una libreta. Esgrimirla hasta vaciar su negritud en el papel. Apuntarla cuando garrapateo la operación aritmética que mi cholla es incapaz de practicar o mientras anoto a vuelapluma el dato aislado, el cuadro sinóptico, la idea volátil, el título escurridizo, la redacción urgida, el borrador de una décima, el atisbo de un minirrelato. A veces, simplemente asirla por el mero acto de palpar su textura, de acariciar su plasticidad, de juguetear con su redondez como si fuese pirinola, de colocarla en escuadra junto al celular, de equilibrarla poniendo su presilla boca abajo sobre la superficie de la mesa.

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¿Hacer lo anterior en (o con) una compu? Ni de chiste. Por supuesto, la computadora es una herramienta valiosísima, imprescindible hasta para dinosaurios (yo soy uno de tantos), pero fría como enero pachuqueño. Su eficacia operativa jamás sustituirá al calor de la pluma. Ni siquiera el trasfondo sicológico que pueda haber en elegir equis fuente tipográfica (odio Arial, debido a su rigidez y porque es fuente casi obligatoria en cualquier trámite burocrático; prefiero Times New Roman, Palatino Linotype, Book Antiqua, porque vienen de ámbitos periodístico-literarios, o Calibri, por su claridad para leerse), ni siquiera eso, repito, nos pone en tanta evidencia como los rasgos de personalidad que, sin darnos cuenta, sacamos a relucir en nuestra caligrafía. O dime cómo es tu letra y te diré qué traumas tienes.

“Instrumento para escribir que tiene en su interior un tubo de tinta especial y, en la punta, una bolita metálica que gira libremente”, según la Academia. Sus raíces etimológicas (‘bola’, ‘grafo’) son claves si queremos entender bien qué función cumple. Bolígrafo = grafía de bola, escritura tipo burbuja. Para redondear con él las ideas. Para que nos salve de caer en cuadraturas. Para que su boludo extremo entintado haga girar en libertad el pensamiento y la creación. Idéntico al vuelo de un plumífero.

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A temprana edad descubrí que, pese a influencias familiares, carecía por completo de vocación por el comercio, pero que si alguna vez llegaba a verme en la necesidad de abrir un negocio, el único donde quizá no estuviera incómodo o frustrado sería una pape (como ahora nos ha dado en México por apocopar el término «papelería»). Lo malo es que a las primeras de cambio mi changarro entraría en bancarrota, porque en lugar de asumir el rol de mercader caería yo en la tentación de gastarme ahí mismo cuanto bolígrafo (y cuanto lápiz, cuaderno, libreta, paquete de hojas, etc.) tuviera en los anaqueles.

¡Ay, pinche suplicio de Tántalo!

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Enrique Rivas Paniagua

Contlapache de la palabra, la música y la historia, a quienes rinde culto en libros y programas radiofónicos